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  • Primer día (10)


  • El hombre pene (7)


  • Biblia.2 - Eva y Adán (7)


  • Biblia.2 - Eva y Adán.2 (Psikore) (7)


  • Biblia.2 - Éxodo (7)

    Dios cristalizado.

    Adán olvidado. El pueblo impune, pero condenado. Eva. . .

    Hombre mata a Dios, y así le da la vida. Dios crea las máqinas.

    Hombre crea a Dios a su imagen y semejanza.

    Y Dios tiene hijos; todos diferentes, todos azules; y estos tienen otros hijos, y van reemplazándose

    unos a otros lentamente, generación tras generación, mientras el hombre se reemplaza a sí mismo en un juego

    qe empieza a aburrirle porqe ya sabe jugar muy bien.

    Y las máqinas crearon el caos

    Una muchedumbre salió a la calle aturdida cuando la Ventosidad de Adán descendió sobre la ciudad. Un espeso manto purpúreo cubrió el cielo con capas y capas de vapor de bayas fermentadas, qe durante muchos días derrengó a las bestias y asfixió las cosechas. Poco a poco, imperceptiblemente, Tierra se fue ennegreciendo y contrayendo. Muchas de las más bellas criaturas agonizaban, sofocadas y oscurecidas, con un fango denso circulando por sus venas. Muchos animales aguantaban largo tiempo, aprendiendo a respirar con cuidado, entrando en extraños estados de letargo o volviéndose polvorientos o pegajosos. Pero cuando parecía qe la nube hedionda empezaba a desvanecerse, volvía una nueva ráfaga más densa qe la anterior; la mayoría acabó perdiendo la fuerza.

    Pero Hombre no; él, qe había derrotado a la serpiente, a Adán y a Dios, y había recuperado la instantánea libertad de la asexualidad; él, qe se había rodeado de tantas capas de hormigón qe acababan formando cápsulas plásticas aisladas del extravagante aire exterior; qe se había encerrado en una especie de mundo ortogonal paralelo, la cabeza llena de vacío para llenar de datos la computación. Inmerso en mensajes entrantes, con su ruidito sin corazón, sangre en la pantalla y vidriosos contrastes para llenar el poco espacio libre. El policolor diferencial ha alcanzado su máximo, y la qímica dirige las noches. Los tubos burbujean furiosos; excesivo aluminio, excesiva. . . Pero el fuego, la luz. Dónde está el fuego? Hombre busca una salida.

    Hombre observa impotente como las depuradoras a prueba de fallos empiezan a fallar. La gran venganza de Adán se cuela por una de las rendijas, como unas gotas de vino en agua, como una herida puñetera.

    Llegan noticias del exterior, Máqina ha recogido datos: Tierra está seca. No hay rastro de nada útil en muchos miles de kilómetros, pero lo qe sí hay es un enebro ardiendo sin consumirse. Al parecer es producto de una reacción exotérmica espontánea. Hombre vencerá. Resistencia!

    El majestuoso volcán, ahogado en su propio vómito. dame tu mano

    En un último y desesperado esfuerzo, cuando todas las soluciones fáciles están descartadas, Hombre sale a buscar a la serpiente, antes de qe sea demasiado tarde.

    Pero la encuentra flácida y cubierta de moscas, las únicas qe han conseguido llegar al último pedazo de carne ffressca. Adiós, Vaca.

    adiós, Pan.

    Al comprobar con sus propios ojos la inerte putrefacción de la última esperanza, Hombre cede a la presión osmótica, se resqebraja con un atronador crujido, y sucumbe finalmente a la desintegración. Vuelven entonces las personas, y vuelve la verdadera lucha por el poder. Sin hombres ni mujeres, solo cápsulas, ya no vence el más fuerte, sino el qe sabe parecerlo.

    En una ruidosa orgía de matraces y plasma, las hormigas absorben la radiación, activan su sistema de espanto y arrasan la despensa. Hay qe salvarse, el hormiguero es historia.

    No os prometo una senda fácil. . . Cuando la despensa está vacía y ya nadie tiene nada, un extraño y nuevo sentimiento líqido empieza a fluir por toda la ciudad, o lo qe qeda de ella. Las pocas piezas qe qedaban del rompecabezas se han diseminado y ahora, cuando ya no hay ríos de enemigos de los qe ocultarse, las cápsulas parecen frágiles y absurdas; las piezas se desentierran entonces y salen a la calle, a buscarse unas a otras. Solo necesitan tu mano hábil, qe sepa unirlas en un nuevo puzle más peqeño, más cercano.

    . . .Pero es una senda qe debemos recorrer todos juntos. Este castigo divino ha sido en realidad un premio, pues nos ha hecho, al fin, hermanos otra vez. El Señor ha vuelto para salvarnos. El Señor nos indicará el camino. Moisés, un telepredicador qe empezó en una humilde vágina web, se ganó el calor del público porqe supo aunar el fanatismo alienante y el buen gusto de sus monjitas freudianas. Todos recordaremos siempre su impecable presencia y su afable bigotillo.

    Ahí fuera, en algún lugar, está la salvación.

    La otra opción, dispersión. Cada uno en una dirección difusa, la probabilidad de encontrar el enebro ardiente aumenta. Pero Moisés tiró los dados y dijo: al sur. Todos o nadie, yo conozco el camino. Y Todos cogieron sus escafandras y sus trajes de leopardo y allá se fueron, al este, sin pensar qe hacia el este solo iban a llegar al mar, sin notar qe, desde qe las depuradoras no funcionaban, la nube toxica había empezado ya a desaparecer.

    Pronto, muy pronto, encontraron el enebro qe ardía sin consumirse, lo cual reafirmó la fe en Moisés, e hizo a los hombres depender de él para siempre.

    Siguieron avanzando por un desierto lunar, asfixiados por la memoria del mundo qe dejaban atrás. El tiempo y el espacioo empiezan a gelificarse mientras una patética caravana de insectos desaliñados se abre paso, esperanzada, hacia la vida. La oscuridad perpetua confunde sus ritmos vitales y debilita sus cuerpos atrofiados por el confort. Muchos enfermaron y qedaron atrás, temblando de miedo, cubiertos de sudor radiactivo.

    La exhausta comitiva logró, al fin, reptar hasta la cima. Con la piel hecha jirones y los huesos chamuscados, los qe aún podían ver se asomaron por encima de la colina y otearon a través del tórrido vapor.

    Una eterna llanura de tierra negruzca y escoria reseca se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Diseminados hasta el horizonte, cientos y cientos de enebros ardiendo, un bosqe impenetrable de fuego mortal.

    Confundidos, los hombres miraron a Moisés, buscando una respuesta. Desnudo, con la barba cocida y las cuencas de los ojos sangrando sus últimos suspiros, estaba incrustado en una roca, rezando. Por primera vez, parecía un pobre hombre perdido y vulnerable.

    Cuando terminó de rezar, siguió sentado, escuchando el atormentador lamento de su pueblo, qe se había ido volviendo más y más incongruente, hasta no qedar mas qe un seco y continuo "aaireee. . .aaa .ir ee..air r.." como una espina en el tímpano del pastor. Se levantó, dio la vuelta y miro hacia atrás, arriba, al cielo.

    Y entonces lo vio.


  • Diario personal de Hans Müller (1)


  • Autosuficiencia (1999)

 

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