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  • Primer día (10)


  • El hombre pene (7)

    Alberto se despertó. Quiso por una vez en su vida no tener que usar la grúa para levantarse. Tan intenso fue su deseo, que por un momento olvidó su enorme tara y trató de abandonar la postura sobre el costado derecho y ponerse boca arriba en la cama, pero un doloroso tirón a la altura del pubis le refrenó. Lloró amargamente tras comprobar que aquello seguía allí, y llamó a su madre para que le ayudara a levantarse.

    Alberto era el hombre pene.

    La vida no es fácil cuando tu cuerpo no es más que una mísera extensión de tu pene. Cuando Alberto era pequeño, su pene todavía no se había desarrollado en toda su magnitud, pero ya era considerablemente grande. Fueron sus únicos momentos de gloria, poder pavonearse delante de sus amigos de tener un miembro como el de los mayores, o quizá más grande, y los lloriqueantes mocosos de sus amigos, exhibiendo aquellos tapones de boli Bic... Las chicas eran tan niñas que esa clase de temas no les parecía erótico, sino asqueroso. Sus ídolos eran Kirk Cameron y Rick Astley. O sea, la única época de su vida en que Alberto podía presumir de verga, y las mujeres sólo pensaban en jugar al elástico.

    En aquellos tiempos el problema era la ropa. Con siete u ocho años, los pantalones eran concebidos para, claro, niños de siete u ocho años con un paquete dentro de la normalidad. Los padres no ganaban para sastres, y por bueno que fuera el costurero, siempre parecía que el niño tenía tres piernas. Ay. Alberto conoció demasiado pronto la calamidad de su destino. Por fortuna, las fotos de su primera comunión eran de cintura para arriba.

    La cosa empeoró casi de forma exponencial. Para los que no sepan qué es el crecimiento exponencial, quiere decir que la cosa se puso chunga en un pis pas. Aquello no dejaba de crecer. Alberto se rompió las cabezas (la que contiene el cerebro, de pensar, y la otra, de darse porrazos) inventando sistemas de correas para sujetarse el pene a la pierna, al abdomen, a cualquier parte, hasta que al final optó por desmontar el triciclo con volquete que tenía, y fabricó una suerte de carrito donde apoyar la punta. Al menos podía caminar, pero no podía jugar al escondite con sus amigos porque no había sitio lo suficientemente espacioso para ocultar todas sus extensiones, ni tampoco a pillar, porque echarse a correr significaba que el carrito podía dar un patinazo, con lo que el pene impactaría contra el suelo, haría de pértiga y Alberto saldría volando (en el mejor de los casos). No. La vida no era fácil para Alberto.

    Los padres se plantearon una operación quirúrgica, pero los médicos fueron concluyentes. Sólo podían darle el pésame, porque tratar de acortar ese miembro suponía ingentes riesgos para la integridad física de Alberto. Tal era la concentración de sangre, tejidos y terminaciones nerviosas en su pene, que si lo intervenían, existía una muy seria posibilidad de dejar el resto del cuerpo completamente insensible.

    Sólo podía dormir de costado. Hacerlo boca arriba significaba tener que soportar cuarenta kilos encima del pubis y las piernas, y hacerlo boca abajo era sencillamente una estupidez. Cuando se levantaba para orinar, su cuerpo tenía que quedarse en el pasillo mientras su pene ocupaba todo el cuarto de baño. Afortunadamente, el retrete estaba alineado justo de frente a la puerta, lo que además facilitaba la tarea de las aguas mayores. El problema era que, mientras estuviera sentado en el retrete, nadie podía entrar o salir de sus habitaciones. El pene hacía imposible cualquier tránsito por el pasillo.

    El tiempo pasaba, Alberto se hizo adulto, y su pene alcanzó su máxima longitud. Un cilindro de carne de diez metros de largo por dos y medio de diámetro. Esto convertía en un gran problema el doblar las esquinas, cuando caminaba por la calle. Cuando sus ojos divisaban el giro, su pene provisto de correajes y ruedas ya había llegado, y tenía que avisar a algunos viandantes para que fueran empujando el falo en la dirección deseada, hasta que él mismo llegase al recodo y pudiera enderezarse con el resto de su cuerpo. Cruzar los pasos de cebra no entrañaba demasiado riesgo, sólo tenía que ser rápido. De todas formas, los coches no arrancaban hasta pasados unos segundos, tal era la impresión que el hombre pene provocaba en los conductores.

    La universidad tenía la ventaja de las clases dispuestas en forma de graderío, de forma que cuando se sentaba, podía dejar caer su pene tranquilamente por los escalones, y además le servía de mesa. Pero esto no compensaba el enorme inconveniente de las múltiples escaleras, los estrechos ascensores, los zigzagueantes pasillos, por no mencionar los momentos de cambio de clase. Ochenta personas tropezando con el pene de Alberto. Que te pisoteen ahí no es demasiado agradable, y no hablemos de los zapatos de tacón.

    Los pájaros hacían nidos en la extensión de la verga, tropezaba con todos los percheros cuando iba al Corte Inglés, cuando subía al autobús el chófer le exigía que picase dos bonobuses enteros, porque con él dentro no cabía nadie más, cuando iba al cine ocupaba la fila entera, si le picaba tenía que pedir ayuda a cuatro o cinco personas (y obviamente no todas se prestaban voluntarias para rascar un pene), allá donde iba tenía que soportar flashes de fotos y preguntas estúpidas, un día un par de obreros de Endesa confundieron el miembro con una tubería y casi se lo perforan... No, la vida no era fácil para el hombre pene.

    Tuvo muy buenos amigos de ambos sexos (ser amigo de un hombre pene es ser MUY buen amigo), pero las mujeres nunca quisieron nada con él que se saliera del ámbito amistoso. Y por eso Alberto estaba triste. Conocía el amor, pero no sabía lo que era ser correspondido.

    Muchas veces en su vida se preguntó cómo haría para masturbarse. Nunca imaginó que pudiera hacerlo sin la ayuda de siete u ocho personas, hasta que una noche, que se quedó solo en casa, se decidió a comprobar si podría arreglárselas solo. Fue al salón y encendió la tele, bien entrada la noche. En la cadena local ponían una película porno barata, mujeres cuya sombra de ojos tenía la textura de la témpera seca, hombres con bigote y pelo a lo beatle... pero a Alberto le bastaba. Pronto la ilusión de la nueva experiencia fue marchitándose, al ver a aquellos tipos tirarse a quien querían, con sus penes normales, penes que cabían dentro de una mujer. Y no aquella monstruosidad. Él sabía lo que era amar, pero jamás podría experimentarlo en su propio cuerpo. Y el hombre pene quiso morir.

    No supo cuán pronto se cumpliría su deseo. Las imágenes, aunque le deprimían, lograron excitarle. Fue casi instantáneo. Su pene pasó de medir diez metros a medir treinta y cinco. El diámetro aumentó de dos y medio a siete. El cuerpo de Alberto salió despedido por la ventana, mientras su verga trataba de desplegarse dentro de su casa, derrumbando paredes, rompiendo muebles, destrozando cristales. La casa se caía encima de su miembro. Alberto nunca imaginó que aquella monstruosidad de carne pudiera tener una erección. ¿Es que no era ya lo suficientemente grande? Y ese fue su último pensamiento. Los cuerpos cavernosos del falo erecto reclamaban sangre en su interior, y la tomaron de la fuente más cercana que había. Alberto murió totalmente consumido por su propio pene.

    ... Delante de la lápida había tres personas.

    -Maldita sea, hemos llegado tarde.

    -Sí... Pero a él nunca se le ocurrió que pudiera tener una erección. Su pene era inmenso. El mero hecho de pensar que creciera todavía más era ya una aberración. No podemos culparle- dijo el segundo. -No, no podemos. Pero ahora estaremos incompletos- espetó el tercero.

    -Sigo pensando que tu teoría parece sacada de los Transformers. Es completamente absurdo- objetó el primero-. Sólo tienes un raído manuscrito de sabe dios cuándo. -Es lo único que le da sentido a nuestras vidas. Ojalá hubiera encontrado este documento antes... Hubiéramos podido salvarle.

    -¿Habrá otro como él?

    -Ni siquiera sé si hay más como nosotros.

    El hombre cabeza, el hombre mano y el hombre tronco se alejaron, compungidos. Su breve conversación se fue extinguiendo, junto con sus esperanzas de conformar el Hombre Definitivo.


  • Biblia.2 - Eva y Adán (7)


  • Biblia.2 - Eva y Adán.2 (Psikore) (7)


  • Biblia.2 - Éxodo (7)


  • Diario personal de Hans Müller (1)


  • Autosuficiencia (1999)

 

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