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  • Primer día (10)

    Revisé una vez más mi despacho. Todo estaba en orden. El miedo a los principios me volvía obsesivo. Todo estaba tan en orden como tres minutos antes. Tan en orden como podría estar un cubículo de uralita putrefacta con una mesa de plástico blanco, unas sillas qe venían con la mesa o qe salieron del último callejón posible, un ventilador qe por las noches probablemente se convertía en Godzilla, y un sofá verde acorde, a su manera seca y brutal, con el resto.

    Me habían advertido sobre el barrio. Me habían advertido sobre los alumnos chungos. Más o menos todos eran problemáticos, pero los chungos iban más allá de lo imaginable, al menos para un orientador de clase alta como yo, acostumbrado a la crème del alumnado de peinado firme y lágrima fácil. Pero allí estaba, obligándome una y otra vez a no preguntarme por qé estaba allí.

    Había leído los expedientes. Sabía de qé iba la movida. Estaba preparado. Los chungos estaban obligados a verme. Media hora a la semana obligatoria. Como comer media aspirina al año. Allí hacían falta cuarenta loqeros, no uno. Y otro para tratarnos a nosotros.

    Y todo eso lo había deducido antes de empezar.

    Mi primer caso entró a las 16:36, con un poco de retraso. Se me aceleró un poco el pulso, pero me controlé. Francisco Javier Pulido Brieva, 17 años, 4º B. No sonaba a nada. En el expediente ponía ‘alias: el Japuta’. Un apodo contundente, directo. Informativo. O no.

    El Japuta se arrastró hasta la silla y, sin levantar la mirada en ningún momento, se dejó caer en ella como un autómata. Sabía qe tenía qe estar allí los siguientes 30 minutos, y simplemente qería qe pasaran y punto. Le jodía mazo, pero era como una clase en la qe no había qe atender ni tomar apuntes, y si no hacías los deberes no pasaba nada. Era inútil y absurdo, pero no terrible. Sólo había qe poner la mente en otra parte y esperar; el tiempo siempre acababa pasando.

    Todo eso vi en su no mirada. Era una no mirada tan transparente qe pude ver incluso a sus anteriores orientadores. Vi lo qemados qe estaban, arrastrados por un sistema en el qe no creían a hacer terapias inútiles y absurdas a gente sin esperanza. Vi todo el daño qe consiguieron hacerle en media hora a la semana.

    Intenté sorprenderle con amabilidad y paciencia:

    Hola. ¿Cómo estás? —Esperé, pero sólo hubo silencio. Silencio absoluto.

    Bueno, ya veo qe no muy bien. —Intentaba hablar muy pausadamente.

    O eso, o es qe no te gusta hablar con orientadores. —Pausa. Silencio.

    Debe ser lo primero, porque no se me ocurre ninguna razón para qe no te gusten los psicólogos. —Ligerísimo movimiento de cabeza, pero aún sin contacto visual. Probé con una fácil:

    Vale, pues entonces, contéstame al menos a una pregunta. ¿Es la primera vez qe estás con uno? —Silencio. Inmovilidad. Rocaje vivo. Era evidente qe no qería estar allí, y yo tenía la obligación de hacer qe estuviera. En realidad no se esperaba nada más de mí, ni de él. Qe estuviéramos allí esa media hora, y luego yo rellenar los papeles y él volver a su vida tras el paréntesis semanal. Pero, al menos en ese rato, no era yo el qe tenía qe hablar, sino el Japuta. Y el silencio mutuo tenía un límite. No qería jugar a ver qién de los dos era más duro. Tenía qe retenerle pero no sabía cómo. Tampoco, visto egoístamente, me apetecía lo más mínimo estar allí con él. Ni a él conmigo. Tenía razón el Japuta, aqello era absurdo de principio a fin. Al final me decidí:

    Vamos a hacer una cosa. Tú me contestas a una pregunta, a una sola, y te puedes ir. —Y al fin, unos ojos. Algo, unos ojos. Pero vacíos como sólo se pueden vaciar a posta. Ah, y una voz. Excelente.

    ¿Me estás vacilando? —Una voz oscura y densa, con el toqe áspero de la edad, la voz de alguien qe fuma mucho y habla poco. Pero a la vez rica, llena de matices y prejuicios, de frustraciones, una pizca de esperanza y algo de sentido del humor. Una voz interesante, qe decía dos cosas a la vez. En este caso, “no te creo” y “qiero qedarme”. En ese momento me puse serio. O lo intenté.

    Mira, Japuta…

    ¡Oye, qe no me llames así! ¡Qe así sólo me llaman mis colegas! ¿A qe te meto? —Hizo un rápido movimiento de puño, mostrando un brazo preparado para el combate. —Qe a mí no me das miedo, eh, qe lo sepas. No soy como los otros, ¿vale? Yo te calzo así, una buena, y qe me qiten lo bailao, ¿sabes? ¿sabes o no sabes? Co-le-ga.

    A pesar del pronto, no me resultó demasiado amenazador. La verdad es qe me podía calzar una buena, sí, pero sólo una. Para eso estaba el botón, y el guardia a 50 metros. No tenía nada qe usar como arma. Y además, era uno de esos gallitos asustados. Todo iba bien. Había leído mucho sobre ellos. De hecho, qizá fueran ellos los qe me habían traído aqí. Ah no, no pensar en eso. Ahora tocaba mirar a los ojos y mostrar autoridad, pero en calma total:

    Vale, ¿y cómo qieres qe te llame?

    Y yo qé sé, como te salga… O mira, mejor no me llames, qe no estoy. —Soltó una falsa carcajada exageradamente fuerte mientras seguía mirándome a los ojos.

    Bueno, pues, Comotellames… —Silencio. —…imagínate qe, por ejemplo, cometes un delito. No sé, haces algo ilegal, lo qe sea. —Él estaba inmóvil, pero ahora me miraba. —Y me lo cuentas. Y te pillan y hay un juicio. Me llaman para testificar y me preguntan si sé algo. ¿Sabes qé tendría qe decir? —Intentó no contestar, pero ya estaba pillado.

    No dirías nada por el secreto profesional. ¡Ya, y mis cojones en pepitoria, no te jode! —Tranqilidad. Todo va bien.

    ¿No te lo crees? Mira, la ley protege el secreto profesional… —Me interrumpió para seguir protestando. No me creía ni qería creerme. Pero yo le iba a soltar mi rollo sí o sí. Le dejé terminar.

    Como te decía, la ley protege el secreto profesional, pero es qe además el Colegio de Psicólogos me obliga a mantenerlo. Y además ch chcchh espera, espera, yo no te he interrumpido… Y eso para mí está por encima hasta de la ley. Pero es qe, además de todo eso, está mi propia ley. —Ahí me puse solemne. —Es decir, mi moral, o si lo prefieres, mi honor, mis cojones o como lo llames tú. Si es qe tienes, qe no todo el mundo síí, sí, qe no todo el mundo tiene —ahí tuve qe gritar un poco. —Esa ley está por encima de cualquier otra, siempre. Le da igual lo qe digan las demás. Y en este caso, ¿a qe no sabes qé dice? —Me había escuchado. Ladeó un poco la cabeza y dijo, con sarcasmo y cansancio:

    ¿Qe mantengas el secreto? Oye, mira…

    ¡Exacto! Y también me dice otra cosa: qe si prometo algo, lo cumplo. Y yo ahora te prometo qe si me contestas a una pregunta, sea cual sea tu respuesta, te puedes ir por esa puerta y no volver más si no qieres. Yo hablaré con el jefe de estudios. ¿Te lo crees o no te lo crees? —Reprimí el ‘co-le-ga’. No dijo nada durante mucho tiempo.

    ¿Sí o no?

    ¡Qe vale tío, qe… ¿Cuál es la pregunta? Verás la preguntita…

    La pregunta es: ¿cómo te llamas?

    ¡Buah! Este tronco es un vacila. ¿Esa es la pregunta? A ver, a ver, o sea… Si te contesto, me puedo ir y no volver nunca más. Es eso, ¿no? Vale, pues… Pues lo qiero por escrito.

    No puedo firmar eso porque es algo irregular. Te recuerdo qe la ley te obliga a venir. Esto lo hago por ti, y tú ahora tienes qe fiarte. Es lo qe hay. —Dudó, pero al final respondió lo obvio:

    Vale, lo qe tú digas. Pues, a ver… No sé, Javier, supongo.

    Javier. Ni Javi, ni Francisco Javier, ni…

    Qe no, qe no tío, qé dices, no te ralles. Javier y punto.

    Entonces ¿me puedo ir o qé? —Podría haberse levantado, pero se qedó ahí haciendo preguntas tontas.

    Lo prometido es deuda —le sonreí. Puso las manos en los reposabrazos, dudó una fracción de segundo y empezó a levantarse. Pero yo aproveché esa fracción.

    Si piensas qe estás aquí por lo qe hiciste, estás muy eqivocado. Estás aquí para averiguar por qé lo hiciste. Pero eso no se consigue en un día. Se consigue con una terapia. Sé qe la palabra ‘terapia’ suena mal. Es como si estuvieses enfermo, y tú…

    Bueno, pero ¿me puedo ir o no? —interrumpió.

    Yo respiré pausadamente, me incliné lentamente hacia la mesa y bajé el tono.

    Mira… He leído tu expediente. —Él estaba de pie, pero con las rodillas todavía algo flexionadas. Yo miré fugazmente a la puerta y me incliné un poco más.

    Y te voy a decir una cosa… —dije, con aire misterioso. Inconscientemente, también se inclinó levemente, y hasta apoyó las manos en la mesa.

    No lo entiendo —susurré. Él se qedó como paralizado un instante, y luego se irguió.

    Pss, ¿y qé? —Otra vez dos cosas, ‘¿y qé? Me toca los cojones’ o ‘¿y qé…dice el expediente?’.

    A la salida le esperaba el guardia. No sé si me pareció ver, antes de qe se cerrara la puerta de acero, a Javier qe giraba la cabeza.


  • El hombre pene (7)


  • Biblia.2 - Eva y Adán (7)


  • Biblia.2 - Eva y Adán.2 (Psikore) (7)


  • Biblia.2 - Éxodo (7)


  • Diario personal de Hans Müller (1)


  • Autosuficiencia (1999)

 

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